domingo, 9 de junio de 2013

vivencias de una pequeña gran guerra






SEGUNDA GUERRA MUNDIAL RELATOS 



VIVIDOS


















Stalingrad:El Escape del Feldwebel Nieweg 


26 de Enero de 1943. 56 soldados abandonan Stalingrado en busca de las lineas alemanas. 242 Km. andando a 30º grados bajo cero. Solo uno consigue llegar después de terribles situaciones. 


Estaba en una rivera pensó el soldado Nieweg del Batallón Antiaéreo nº 4, el 26 de enero de 1943, al golpear con la pala contra de la bota de uno de los hombres tendidos en frente de él. 

El hombre no hizo ningún comentario, ni podría hacerlo aunque quisiera. Su boca estaba llena de nieve y su cuerpo sepultado en ella hasta las rodillas, y aun cuando no hubiese estado lleno de nieve no hubiera podido decir nada ya que donde debería estar su corazón había un agujero tan grande como el puño de un hombre. 

Nieweg no se paro a pensar mucho tiempo con el soldado desconocido sepultado en la nieve. Había tantos alrededor suyo y era tan difícil retirar la nieve de ellos para recoger sus chapas de identificación; como mandaban las reglas. Lo haré más tarde, pensó Niewig, aunque no sé cuándo... 


Un hedor espantoso salió de su pipa, pues el relleno de los colchones no es un substituto muy satisfactorio del tabaco. El líder de la 'partida' se puso de pie, Nieweg hizo lo mismo y luego el resto de ellos, uno por uno. Allí estaban todos ellos , los de señales, dos hombres del Servicio de Correos, un teniente de la 71 División de infantería, un par de docenas de soldados de infantería de muchos regimientos diferentes, siete artilleros y un puñado de soldados de muchas unidades distintas. 


Dos de ellos fueron pilotos que estuvieron dejando caer los suministros en Yelshanka el día antes y se habían estrellado después de que un caza enemigo les hubiera arrancado un ala de su avión. Nieweg lo sabía porque un par de los contenedores habían caído cerca de él y los suministros habían sido repartidos equitativamente en el acto sin ser reportados. Todo eso había ocurrido a unos cientos de yardas al sur de Voroponovo. 


Todo lo dicho allí afuera por los cincuenta y seis hombres que se habían encontrado de esta forma permanecería como un secreto del frente. Ayer el cuartel general divisional había estado aquí, hoy estos hombres llevaban a cabo la 'Operación León', aunque no hubieran recibido instrucciones para hacerla. Una retirada era la única oportunidad y todo el mundo lo sabía, y era así aunque las probabilidades eran de 100 contra una. 


Nieweg supo de otros dos grupos que habían salido de Stalingrado cinco días antes y se dirigieron al Sur. No habían dejado nada atrás salvo los heridos, los hambrientos, los congelados y los hombres que iban a morir pronto. Solo Dios supo qué había pasado con esos dos grupos, Nieweg ciertamente no. Estaba demasiado ocupado con sus propios pensamientos. Pensaba en los harapientos abrigos que aún mostraban signos de vida de vez en cuando. Pensó en las casas que ya no eran casas, y en las miserables trincheras en las cuales él y otros soldados habían estado viviendo. Y luego pensó en qué se llevaría con él en su marcha hacia la libertad. 


La mayor parte de sus posesiones tendrían que quedarse atrás; la escudilla de hojalata con la cual había comido en losbuenos tiempos, el pequeño aparato de radio con el que había escuchado música de baile hasta que las baterías habían dejado de funcionar, la oxidada y sucia ametralladora, el helado casco de acero, el cinturón, la mochila y el resto. Para evitar cualquier malentendido posible, debería indicar que la ametralladora fue solamente tirada cuándo no hubo ninguna caja de munición llena. 


Cogieron sus botas, los abrigos, las mantas y se llevaron unas pocas cartas o fotos en sus bolsillos del pecho. Hacía mucho tiempo que habían perdido sus pases y las cartillas de pago y racionamiento. Llevaron también con ellos algo de vital importancia, la voluntad y el deseo de completar su viaje. Cada individuo llevaba las experiencias de los últimos seis meses, experiencias que le habían enseñado a sobrevivir. Sólo los dos pilotos todavía tenían algo que aprender. Lo que era más importante era la brújula y algo con lo que poder usarla. Sus relojes todos marcaban horas diferentes, pero eso no era realmente importante. Si un hombre va a morir, apenas tiene importancia que su reloj marque la hora de Moscú o de Greenwich. 


Los contenedores lanzados el día anterior contenían jamón, productos en conserva, carne de cerdo, y barras de pan en envolturas impermeables. Fue una selección afortunada, y cada hombre cogió todo lo que podía llevar con el. Sería una larga caminata, comentó el Teniente, y aquellos que lo oyeron asintieron con sus cabezas. Como mínimo sesenta millas, estimó. Quizá no sabía que ahora la distancia entre los dos frentes eran más de 150 millas. 


Comenzaron sin ninguna formalidad. Los líderes simplemente anduvieron con paso pesado, mientras los demás hacían lo que mejor podían para seguir sus huellas. Sus orígenes, unidades, uniformes y los pensamientos que les zumbaban en sus cabezas eran tan variados, pero todos ellos caminaban de la misma forma. Así hicieron todo el camino los hombres que renqueaban con paso cansino y tropezando en la oscuridad hacia el Sur del nevado Stalingrado. Durante varios centenares de yardas la caminata iba bien. De hecho fue muy bonito el camino hasta Zybenko. Hubo un corto tiroteo, pero sólo afectó a los primeros diez hombres. 


Aquí y allá uno o dos cayeron, pero los demás avanzaron poco a poco y con dificultad. Era duro ver a oscuras. Lo que contaba era que siempre hubiera alguien delante de ti para seguirle. No importaba que uno o dos del final de la columna ya no estuviesen allí. El soldado raso solo tiene procesos mentales elementales. 


Cruzaron la línea ferroviaria al Sur de Krasnov, exactamente en el lugar donde la 371ª División de Infantería había aguantado la línea algunos días antes. Zybenko y Rogachev estaban a quince millas en línea recta pero eran quince millas de estepa nevada. Los hombres caminaron a tientas entre los campos de tiro del Ejército Rojo, lo cual les ayudó a encontrar la ruta. El camino condujo a un río, el Donskaia-Tsaritsa probablemente, luego hacia el Norte a través de la línea ferroviaria de Kalatch-Stalingrado y luego al noroeste hacia Kamyshevka. 


Cinco hombres permanecían allí en el que había sido el cuartel de la Compañía Veterinaria, donde los calientes establos habían sido algunas semanas antes irresistiblemente atractivos. El resto del grupo cruzó sobre el congelado Don a mil yardas al Norte de Kalatch y luego, más tarde, cruzaron el Liska cerca de las colinas de Katchalinskaia. Aquí se enzarzaron en una larga batalla con una unidad rusa de suministros, pero unos treinta de ellos se las ingeniaron para escapar. 


El 28 de enero a eso de las once y media de la mañana un avión alemán de reconocimiento divisó a un grupo de soldados a dos millas al oeste Kalatch, quienes lanzaron bengalas a medida que se aproximaba el avión. El piloto bajó a una altura de 600 pies para examinar de cerca al grupo y comunicó lo que había visto a Novo-Cherkask. 



Las órdenes del Mariscal de Campo Milch eran que debía mantenerse el contacto con el grupo, y en la tarde de ese mismo día un avión de caza lanzó señales luminosas y dejó caer un mensaje para la unidad que ahora estaban a cuatro millas al Oeste de las colinas del Don. El mensaje ordenaba al grupo a formar una esvástica cuando se acercaran los aviones alemanes. 

El 29 de enero el grupo fue divisado a diez millas al Oeste de Kalatch, marchando hacia Cherni-Chevskaia, y les arrojaron comida, munición y mapas. El grupo lo agradeció disparando dos bengalas verdes. Al tercer día después de haberlos observado el piloto del avión de reconocimiento calculó que habían marchado unas quince millas. Comunicó que había unos veinticinco hombres en el grupo. En el cuarto día estaban a veinticinco millas al Oeste de las colinas del Don, así que su tasa de progreso había descendido considerablemente. 

Ese fue el último día en el cual la Luftwaffe tuvo contacto con este grupo solitario en mitad de la estepa. Habían realizado la mitad de su viaje, pero ellos no lo sabían. Un avión de caza, y más tarde uno de reconocimiento, lanzaron comida por última vez y comunicaron que había fuertes concentraciones de tropas enemigas en los distritos de Cherkovo y Milerovo. 


El grupo también recibió instrucciones para que lanzaran dos bengalas de señales rojas y una verde para reconocerlos en el futuro. Nunca fueron lanzadas ninguna de las señales, no hubo ningún tipo de señal después del 30 de Enero. Al final de Enero los pilotos de reconocimiento comunicaron: "Ningún rastro de la unidad que estamos buscando". 


Las órdenes de búsqueda del Mariscal de Campo siguieron hasta el 2 de Febrero, pero nunca más fueron vistos. ¿Dónde estaban los veinticinco hombres cansados, enfermos, y dando trompicones por un desierto helado lo suficientemente ancho para que pudieran marchar una docena de ejércitos en línea? Había un solo hombre que, sin embargo, sabía como había terminado todo. El soldado Niewig llegó a un puesto de avanzada al Oeste del Donetz el 3 de Marzo y contó la historia del grupo perdido. Fue una historia indescriptible de sufrimiento y horror. 


Después de la lucha con las tropas rusas de suministros, dijo Nieweg perdieron a seis hombres más debido a la disentería y al cansancio excesivo. El resto se dirigió como pudo hacia Oblivskaia. Pero su intento para encontrar refugio allí falló porque estaba ocupado por muchas unidades rusas. El fin tuvo lugar en la estepa entre Dobraia y Beresovaia. Para entonces sólo quedaban cuatro hombres. Se habían debatido a lo largo de carreteras, a través de la estepa, a través de la nieve, y una vez directamente en medio de una columna rusa, pero siempre solos. 


Luego dos de ellos se rindieron a una unidad rusa de ambulancias. Nieweg y el otro hombre, quien había formado parte del Servicio de Correos, pasaron por muchos lugares de los cuales no supieron el nombre. En Veluiki los dos últimos encontraron su destino. El hombre que había presenciado el final de su unidad en Stalingrado cayó, deshecho por las congelaciones, y Nieweg se rindió. Después de ser tomado prisionero, fue llevado a Kharkov, desde donde escapó y volvió al frente en un camión de suministros que llevaba raciones para las tropas rusas. 


Nadie se preocupaba por individuos solos andando de aquí para allá por tierra de nadie, y así el 3 de Marzo Niewig alcanzó las líneas alemanas. Fue recogido durante un ataque por las unidades de la "Das Reich" y elementos de la 2ª División Blindada. 


Su historia llenó dos páginas de un informe, habría dicho más si no hubiese estado tan débil. Mañana, o quizá al día siguiente, continuaría. 


Pero el día siguiente nunca llegó. 

El hombre que había caminado desde Stalingrad hacia las líneas alemanas murió por un proyectil de mortero el día después de su llegada al puesto de socorro de un Regimiento de granaderos panzer. 

La odisea del soldado Nieweg había terminado. 

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